“Lear”: el espanto habita en tu propia sangre


Lear

  • Lear. ABAO Teatro (Estreno Absoluto dentro del Festival Internacional de Teatro Clásico de Almagro)
  • 12/07/2013 | Antigua Universidad Renacentista | Almagro
  • Dirección: Pepa Gamboa
  • Versión: Pepa Gamboa y Antonio Marín sobre El rey Lear de William Shakespeare
  • Reparto: Roberto Quintana, Amparo Marín, Mari Paz Sayago, María Cabeza de Vaca, Manuel Monteagudo, Chema del Barco, Álex Peña y David Montero.
  • Espacio Sonoro: Emilio Morales | Espacio Escénico: Antonio Marín
  • Vestuario: Maite Álvarez | Iluminación: Irene Cantero
  • Producción: Paco Pena

Lo que demandan estos tiempos es creer firmemente en lo que se hace. Que no haya dudas y que cualquier acción o decisión que componga un proceso esté llevada al límite. Así ocurre en Lear, versión de El rey Lear a cargo de Pepa Gamboa (que firma el texto junto a Antonio Marín). El rey Lear, considerada por estimación popular la “mayor obra” de Shakespeare (desplazó a Hamlet de ese lugar tras la Segunda Guerra Mundial), aparece despojada de su parte épica, histórica y se centra en el que puede ser el más mortífero de los venenos: la familia. Si los grandes enemigos están en la calle, en el trabajo o en los bancos, el verdadero dolor suele aparecer en una charla en Nochebuena, en un espontáneo reproche en una boda o en un rincón apartado durante un bautizo. Es allí donde, si brota, la angustia se agarra las vísceras. Y es allí donde araña este Lear: en una obra que posee la reflexión sobre el poder de Ricardo III, la de la duda de Hamlet o también incluye aspectos sobre la herencia relacionados con Julio César, hay que celebrar que haya conseguido sesgar brillantemente la historia al aspecto familiar.

Mientras el público va tomando su asiento el conflicto ya está en marcha: observamos a un hombre postrado en una cama. La cama y su actitud nos sugiere enfermedad, pero es el acompañamiento de la hija lo que completa la imagen y matiza esa enfermedad de vejez, de demencia y la encierra en el universo familiar. Gamboa, antes de comenzar, ya arroja detalles de su propuesta: hay algo de cine, de un oscuro thriller cargado de sugerente poética. La directora sevillana se ha rodeado de un reparto que simboliza la excelencia artística. Actrices y actores andaluces, con años de trayectoria a sus espaldas, en producciones privadas y con sus propias compañías. El teatro está en constante lucha con los intérpretes que solo se empeñan en hacer de sí mismos en situaciones imaginarias; pero aquí hay excelsa construcción de personajes, quimera teatral y, sin duda, se agradece y nos reconcilia con muchas cosas.

El teatro está en constante lucha con los intérpretes que solo se empeñan en hacer de sí mismos en situaciones imaginarias; pero aquí hay excelsa construcción de personajes, quimera teatral y, sin duda, se agradece y nos reconcilia con muchas cosas

Roberto Quintana se transforma de forma implacable; se convierte en Lear (a mi juicio el personaje más complejo de Shakespeare) y aparece como un individuo falible que muestra, no solo un amplio atlas de estados emocionales, sino también de jerarquías: observamos el descenso a los infiernos de su personaje. Quintana reacciona ante los múltiples estímulos de manera ejemplar, y eso hace que la locura no esté vivida en un plano general y se observe cómo las espinas van oscureciendo su esperanza. Es el papel que anhelaba y, desde luego, no lo ha desaprovechado.

Por su parte, en la cabeza del otro clan familiar tenemos a Gloster, interpretado por Chema del Barco, que dobla papel y también encarna a Albany. Del Barco transita por una senda llena de contrastes y muestra una construcción muy diferenciada, que se agita entre dos extremos. Su Gloster no desea hablar, lo necesita; quiere agarrarse a la palabra como escape a la opresión que la vida le oferta; sin embargo, su Albany posee la elegancia de quien decide cuándo sentenciar, qué decir y a dónde acechar. A Gloster se le vienen encima los tiempos, Albany los maneja a su antojo. Grabado queda el momento en el que Del Barco irradia un sobrecogedor clímax emocional como Albany.

Las hijas de Lear, Goneril (Amparo Marín) y Regan (Mari Paz Sayago) forman un dúo devastador para cualquier esperanza de humanidad. Sayago se erige en una Regan de doble cara, doble moral y lucha contra el propio y genuino encanto natural que posee la actriz para enmascararlo y convertirse en una verdadera tirana. La omisión del marido (Cornwall) hace que, sobre el papel, Regan adquiera una dimensión aún más determinante, y el coraje de la actriz hace el resto. Por su parte, Amparo Marín es la viva expresión del dramatismo. Impresionante el potencial comunicativo de esta actriz que pone al servicio de la tragedia. Marín se convierte, con virtuosismo, en un ser humano que alcanza la más lejana arista de mezquindad.

La atmósfera que propone este “Lear” es, en ocasiones, tremendamente desasosegante y hostil

Álex Peña encarna a Edmund, quizá, el villano por antonomasia del universo shakesperiano junto a Yago y Ricardo III. Peña no subraya nada y mediante su presencia escénica y su fuerza oratoria compone un terrible Edmund. Limpio en la palabra e imponente en los movimientos. Acostumbrado a ver al actor en otro tipo de roles, la naturaleza oscura, lujuriosa y traidora que aquí profesa descubre su formidable versatilidad. David Montero también se despliega en Edgard y en France. El Edgar que concibe es honrado, justo, y transmite una inocencia que empatiza con el público (esencial este aspecto que potencia el actor para que la tragedia y las injusticias sean estremecedoras). Algo similar ocurre con su France: la humanidad con que Montero discute (armado por la lógica más aplastante) ante este Lear, nos inyecta la gravedad de lo que se está contando.

El bufón llega a cargo de Manuel Monteagudo con una firme convicción del actor. Los parlamentos de su personaje han sido sustituidos en su totalidad por citas españolas. Sería injusto decir que sirve para descargar la obra, su función es más importante: a través del refranero español clava un punzante aguijón en lo que ocurre y potencia la atmósfera. El arma más mortífera es el humor y el verbo y la expresión corporal de Monteagudo (hay algo en sus desplazamientos de Commedia del Arte) consigue así ser lacerante en la historia. Una clase magistral por parte del actor sobre la composición de un personaje arriesgado: a un mínimo desliz, nos reiríamos de él, pero aquí tiene al público en el bolsillo y estamos con él.

María Cabeza de Vaca es Cordelia. La herida, la mutilada. El personaje lo presenta en dos líneas: como actriz y como bailarina. Como actriz, posee una inocencia que enamora. Como bailarina, cada movimiento se instala sin pudor en el ánimo del respetable. He visto montajes donde la danza se usa para unir escenas, transitar o simplemente dotar de belleza a la función y es más un efecto que carece de contenido… Aquí la danza es un abismal texto. Cabeza de Vaca, (radiante) brota como expulsada de un reloj de pared y, en escena, ilustra a través de movimientos robóticos y escalofriantes lo que su personaje representa: la contra hacia el concepto natural de justicia.

Este Lear se vuelca en dos tramas, dos dardos de acción, dos miserias: la de Lear y la de Gloster. Ambas se unen en uno de los momentos más terribles de todo el teatro inglés: el desolador encuentro entre ambos

Cierto es que se echa en falta la escena en la que Edgar conduce a su padre Gloster, ciego, loco y con el deseo de suicidio a los acantilados de Dover porque tiene mucho de lo que se cuenta, pero ésta es la versión de Gamboa y, como tal, cree en ella firmemente y sus intenciones convencen. El equipo la arropa y cubre esta creencia hasta el mencionado extremo. El viaje desde el puro sarcasmo, hasta alguna extraña elección (“Vicente buena gente” es el “Pobre Tom” shakesperiano) funciona y la acción no decae en la hora y media. Quedan, así, dos tramas, dos dardos de acción, dos miserias: la de Lear y la de Gloster. Ambas se unen en uno de los momentos más terribles de todo el teatro inglés: el desolador encuentro entre ambos.

El montaje visualmente es muy potente y la puesta en escena se basa en elementos estáticos: una mesa, alegóricos animales, cajas de cartón, sillas y el apoyo en gélidas luces, con contundentes contrastes (hermosa la tormenta y los recursos que la acompañan, como los cubos y el agua que se derrama sobre Lear y el Bufón). La música y el espacio sonoro de Emilio Morales también juega un papel esencial: Vainica Doble, Edith Piaf o la banda sonora de Desayuno con diamantes son una parte esencial de la tan sombría como tierna atmósfera. Excelente versión y notable montaje en el que se agotan las fuentes de la piedad. A la espera de lo que suceda con el nuevo Centro Andaluz de Teatro, funciones como ésta deberían ser las que representasen esta temporada de lo que es capaz el teatro andaluz por toda España. No en vano, esta función profundiza en una de las más sugerentes experiencias: mantener la emoción del espectador en una peligrosa alerta.

Texto: Juan Vinuesa
Fotos: Escarlata

http://elclubexpress.com/blog/2013/07/15/lear-el-espanto-habita-en-tu-propia-sangre/